No recuerdo ya desde cuando me pregunto en qué, realmente, piensan esos que algunos consideran nuestros próceres. Creo que, en realidad, piensan en que ellos son más listos, más altos y más guapos que los demás; que les debemos pleitesía, y tenemos que pagarles las francachelas, sean sociales o económicas, además de los puertos deportivos en la COStA NUESTRA. Veamos dos o tres ejemplos:
Don Giulio Fernández parece que tenía claro, hace un año, que él era una víctima, no el responsable de la
desfeita en aquella Caja
en la que no mandaba nada porque todo lo decidía el consejo de administración, mientras le parecía que
"no conduce a nada hablar del pasado". En aquella fecha, también aseguraba que no había cobrado ni un euro, ni por indemnización ni por jubilación. Tan sólo unos meses antes se había sabido que su retirada forzada (que, si no, seguiría en el machito "sin mandar nada") le permitió blindarse el riñón con
600.000 euracos de nada un año sí y otro también, en concepto de jubilación.
Luego vendría lo de retirarle la medalla de oro de la ciudad, su exilio del oropel social que siempre persiguió con menos éxito real que aparente y con la guitarra
"del rincón en el ángulo oscuro / de su dueño quizás olvidada". Veremos en qué se queda todo.
Y, como la cosa va de "donde dije digo, digo Diego", otro gran prohombre local que se quedó con
un cacho de costa nuestra para hacerse "un corrá", se apresuró recientemente a asegurar que
los más de 31 millones de euros obtenidos con la venta de casi 2 millones de sus títulos de Pescanova, sólo unos días antes de que las acciones se fueran al garete cuando anunció el preconcurso de acreedores, sirvieron para aligerar la pesada carga del déficit multimillonario de su empresa. Según manifestó
"preocupado por la situación de tesorería del grupo y las dificultades que Pescanova tenía para financiarse, decidió poner su patrimonio a disposición de la compañía para resolver problemas urgentes de liquidez". Ya, hombre, ya.
O sea que otro
Don Fernández, en este caso
Manuel Fernández de Sousa-Faro,
uno de esos "que saben", nos viene con milongas exculpatorias mientras los aparatos de Justicia andan rebuscándole en sus entretelas, habida cuenta de que es posible que incurriese en un "abuso de mercado" (¡Diooos!, ¿se puede abusar del mercado mientras éste abusa de todos los demás?) Debe ser porque el que sabe, sabe, ¿no?
Y el otro avispado de la cosa, el
Don Alfonso Paz Andrade (ahora exconsejero de Caixagalicia y de la mismísima Pescanova), resulta que muy poco antes de que todo el tinglado se escurriese, va y convierte lo que ya sabía (él sí) que iba a valer nada en una pastizara para su propio bolsillo. La operación, que le proporcionó algo más de 2 millones de euros cuando él ya sabía que las acciones a la venta pasarían a valer nada en breve,
ya le pareció "mosqueante" a Carlos Ladero, analista de Wallood Spain pocos días antes de que se anunciara el preconcurso de acreedores.
Y el "
padrone"
Don Alberto, sereno, tranquilo y seguro de que todo acabará por
"parecer un accidente" y que no es nada personal,
"sólo son negocios", ¿verdad?.
En este país de pícaros, Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache y el mismísimo Lázaro de Tormes resultan unos simples aprendices, no tanto por sus habilidades, que resultan comparables, sino porque en aquellos tiempos de la decadencia del Imperio Donde No Se Ponía el Sol, no había forma de engañar a tantos pardillos como hoy en día.
En algún sitio leí un titular que lo resume todo:
"Algo huele mal en Pescanova, y no es el pescado". Como todo el mundo sabe, por la boca muere el pez.
Ya sé que no están todos los que son, pero creo que son todos los que están.
¡Menudos
peixes!